SEDE

El Centro José Guerrero tiene su sede en un edificio rehabilitado en 2000 por el arquitecto Antonio Jiménez Torrecillas (1962-2015), profesor y arquitecto vanguardista de estilo minimalista en cuya obra sobresale un particular tratamiento de la luz, quien lo adaptó a los requisitos de la museología actual con la colaboración del artista Gustavo Torner. Fue construido por Indalecio Ventura Sabatell en 1892 para albergar unos almacenes, según proyecto del arquitecto Modesto Cendoya, representante del eclecticismo y autor del Hotel Palace en la colina de la Alhambra. En 1901 pasó a ser imprenta, y entre 1939 y 1983 fue sede del diario Patria, que instaló en él los talleres y oficinas.

Está ubicado en la calle Oficios, en plena Alcaicería, el que fuera el más importante centro mercantil de la medina árabe de Granada, dedicado principalmente al comercio de la seda. En la misma calle se encuentran la Lonja y la Madraza, antigua universidad árabe y durante mucho tiempo sede del ayuntamiento de la ciudad. Muy próxima se situaba la gran mezquita, en el lugar que hoy ocupan la Catedral renacentista y la Capilla Real, cuyas cresterías son el paisaje de fondo de la sala mirador del Centro Guerrero. En el campanario de la Catedral tuvo su primer estudio el pintor José Guerrero, como lo tuvo, cuatro siglos antes, Alonso Cano; se trata por lo tanto de un ámbito cargado de significado histórico y artístico.

La obra de rehabilitación, premiada en 2003 por el Colegio de Arquitectos de Granada, se articula a través de la idea del recorrido como leitmotiv de la función museística, a la vez que ahonda en el tema arquitectónico ya esbozado en el antiguo edificio: el exterior se abre a la calle y el interior se vuelca sobre sí mismo y genera un espacio favorable a la contemplación estética. Las dimensiones del inmueble favorecen el modelo museístico finalmente adoptado, basado en la especialización, en la medida, en la escala humana.

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(…) Frente a la majestuosa catedral de Granada levantó el Centro José Guerrero, un edificio rompedor, pero sobrio, abstracto y austero que, lejos de enfrentarse a la catedral, se sumaba a ella para recomponer el paisaje de la ciudad. El centro, concluido en el año 2000, es un marco limpio, emblemático y escultórico para la obra del pintor, pero es también, para el visitante, un ascenso en busca de la luz y, por supuesto, un mensaje de futuro: una contribución a la evolución de la ciudad (Anatxu Zabalbeascoa, El País, 21 de junio de 2015).

(…) La década de los noventa viene señalada por el exigente encargo del Centro Guerrero, cuya gestación, iniciada en 1989, consiguió trascender su mera consideración como lugar de culto de la vida y obra del pintor. Inaugurado en 2000, el Centro Guerrero entendió desde su origen la capacidad evocadora de nuevas formas insertadas en contextos que conservan viva la memoria del pasado, lejos del colosalismo cultural y mediático de otros museos de arte construidos en aquellos años en España que una figura como Guerrero hubiese podido excusar. El edificio original es trasmutado con sorprendente habilidad sensible por Jiménez Torrecillas en un museo que convierte la fachada en piel y abstrae las trazas del patio a referencias estructurales en vigas y soportes de fundición. Las salas de exposiciones tienen una calidad técnica inmejorable; insertadas como pasos de un recorrido que se inicia en calle Oficios, el ático es un estallido arquitectónico que abandona al visitante a la contemplación de una ciudad siempre vinculada a su paisaje (Ricardo Hernández Soriano, Granada Hoy, 17 de junio de 2015).

El cielo sobre el cielo

(Sobre el Centro José Guerrero en Granada de Antonio Jiménez Torrecillas)

Alberto Campo Baeza
Frente a la maravillosa mole de la catedral de Granada, quizás la más hermosa catedral de Andalucía, ha aparecido, cual si de un David frente a un Goliat se tratara, una pequeña pieza que, además de enfrentarse a ella de tú a tú, toma como tema central de su arquitectura un absoluto respeto y admiración por la pieza histórica.

Había allí un edificio, el Patria, de relativo valor pero al que la ciudad, del que era paisaje habitual, ya se había acostumbrado. Pareciera que el viejo edificio, tras darle la vuelta como un calcetín, hubiera resucitado, obteniéndose un resultado de primer orden.

La estructura espacial original, que estaba formada por dos cajas, una exterior y otra interior que se convertía en patio, se ha reinterpretado de manera muy ingeniosa. Se ha manipulado la caja exterior sin cambiar nada esencial, y se ha utilizado la caja interior, ahora cerrada, como espacio central de exposición en cada planta. En el espacio intradós, se colocan las circulaciones y los elementos servidores. Lo preside y organiza una amplia escalera atravesada por el aire. En la caja central cerrada se controla adecuadamente la iluminación de los grandes cuadros de Guerrero en los que late un cierto aroma de Rothko. En el arranque del edificio el arquitecto ha escapado a la tentación de crear una entrada mayor. Ha sabido leer muy bien el sistema seriado de arcadas sobre esa estrecha calle y ha potenciado esos paños forrándolos de piedra. Hay detalles muy intencionados como el achaflanado de la esquina hasta sólo la primera planta.

Se resuelve así el edificio con una clara estrategia de recorrido ascendente alrededor de la caja central. Como una promenáde architecturel en vertical. Un recorrido in crescendo por espacios llenos de luz alrededor de un espacio central cerrado. Pero lo mejor, como debe ser, viene al final, en la culminación. Cuando ya pensamos que todo ha acabado, aparece arriba, aureado con una explosión de luz, un paisaje petrificado en contraste con la obra ciertamente abstracta del museo. La Catedral, su coronación de encajes de piedra se nos muestra al alcance de la mano. La lección aprendida de Le Corbusier de la caja abierta al cielo, la lección andaluza de la azotea, se ha transmitido aquí en un abrirse al cielo de frente, pues de frente está ese paisaje magnífico de la Catedral. La solución formal de enfocar esta pieza última hacia la Catedral con una total transparencia, es magistral.

Me viene a la cabeza la luminosa imagen del Transparente de Narciso Tomé en la Catedral de Toledo. Alguien podría pensar que era muy atrevida, que lo era, la operación de introducir un espacio barroco sobre un majestuoso espacio gótico. La esplendorosa realidad del trozo de cielo lleno de luz arrebatada de ese Transparente es incuestionable de tal manera que está en todas las Historias del Arte y de la Arquitectura. Aquí en Granada, un arquitecto de primera se ha atrevido a actuar con una pieza moderna frente al gran monumento renaciente. La Historia es algo vivo, y el tiempo es algo que late. En este caso con muy buen pulso. Y con la consideración de que el punto clave de esta magistral operación arquitectónica es precisamente esa lectura acertada, sabia, de la Historia. La pieza moderna de Antonio Jiménez Torrecillas tiene su razón de ser en ese mirar admirado a la pieza renacentista, cuyo valor queda aumentado si cabe, a través de esta nueva arquitectura de primer orden.

Cuando tras el calmo recorrido por las salas del Guerrero lleguemos a ese espacio en todo lo alto, que es como un trozo de cielo en el cielo, no querremos ya nunca marcharnos (http://www.plataformaarquitectura.cl/cl, 17 de febrero de 2009).